A esa niña de dos años,
en blanco y negro colgada en la pared,
le di vida sorteando la desilusión y la ruina,
castillos de arena deshechos ante mis pies,
Me mira y su sonrisa me confirma que lo hice bien,
se agarró a mis faldas y allí encontró mi calor,
un rescoldo de luz incandescente brillará en ella,
aunque ya yo no pertenezca a su día día
y no tenga la necesidad de oír mi voz,
sabe que habita en mi silencio expectante.
La eduqué para soltar e inventar su mundo que no es el mío,
yo ya lo creé y en él ella fue el centro de mi universo,
la miro y su sonrisa en blanco y negro
me confirma que lo hice bien,
ahora solo me toca migajas a contrarreloj en mi tiempo.